Caza en primavera: el rececho del corzo entre las jaras
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El monte respiraba primavera.
Las primeras luces del amanecer se filtraban entre las encinas, dibujando sombras largas sobre la tierra aún húmeda de la noche. El aire era fresco, limpio, cargado de ese aroma a jara y tomillo que solo se encuentra en la sierra cuando el día está a punto de nacer.
Caminaba despacio, midiendo cada paso. En el rececho del corzo no hay lugar para el error. Cada rama que cruje, cada piedra que rueda, puede ser suficiente para que ese duende del monte desaparezca como si nunca hubiera estado allí.
Me detuve en lo alto de una loma. Desde allí dominaba un pequeño claro rodeado de monte bajo. Era una zona querenciosa, donde los corzos solían salir a comer al amanecer.
Los prismáticos recorrieron el terreno con calma, sin prisas.
Y entonces apareció.
Primero fue un movimiento leve entre las jaras. Luego, la silueta.
Un macho joven, elegante, con la cabeza alta y las orejas siempre en alerta. Avanzaba con esa mezcla de cautela y tranquilidad que solo tienen los animales que conocen bien su territorio.
El corazón empezó a latir con fuerza.
Me agaché lentamente, buscando cobertura. El viento era favorable. Todo dependía ahora de la paciencia.
El rececho comenzó de verdad en ese instante.
Cada metro ganado era una pequeña victoria.
Aprovechando las ondulaciones del terreno, me fui acercando poco a poco. El tiempo dejó de importar. Solo existía el momento, la respiración contenida, el latido constante en el pecho.
Cuando levanté la vista, el corzo estaba allí.
A unos pocos metros más allá de lo que había imaginado posible.
Se detuvo.
Giró la cabeza.
Durante un segundo, nuestras miradas se cruzaron.
El monte se quedó en silencio.
Apoyé el rifle con suavidad, sintiendo cómo todo encajaba en ese instante. Respiré hondo… y el disparo rompió la calma del amanecer.
El eco se perdió entre las montañas.
Me acerqué despacio. El corzo yacía entre las jaras, sereno, como si siguiera formando parte del paisaje. Me arrodillé a su lado, en silencio, con respeto.
Porque en el rececho no hay victoria sin emoción.
Y no hay emoción sin respeto por el animal y por la montaña que lo acoge.